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Cuando la ambición nos nubla el futuro

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Por Ana Gabriela Rodríguez Tactuk

Escribo esto con mi taza de café, pensando en cómo a veces la ambición se vuelve una sombra. No un motor, no un impulso sano, sino una nube que tapa el juicio. Me recuerda lo fácil que es perder claridad cuando la ambición se acelera más rápido que la conciencia. En estos días, como todos, he visto situaciones que marcan al país y que vuelven a abrir la misma conversación: ¿qué nos está pasando? No quiero hablar de un caso. Quiero hablar de un patrón que se repite demasiado. Quiero hablar de nosotros.

Hay algo que siempre me ha sorprendido: no son las personas necesitadas las que suelen caer en decisiones graves, sino las personas que ya tienen más de lo suficiente. Personas con oportunidades, estabilidad, reconocimiento. Personas que, de alguna manera, deciden poner en riesgo su futuro… por un poco más. Esa conducta no nace del hambre; nace del ego. Nace de sentarse en un nivel de poder que confunde privilegio con permiso.

Cuando el poder entra en la vida, también entra en el cerebro. Cambia la forma en que pensamos, en que decidimos, en que justificamos. La dopamina, esa sensación de logro, importancia y recompensa, puede convertirse en un ruido constante que empuja siempre hacia más, incluso cuando ya no hace falta. El que logra mucho empieza a sentir que merece aún más; el que se siente imprescindible empieza a creer que está por encima de las reglas. Y cuando el ego toma el volante, la ética queda relegada al asiento de atrás.

Así es como alguien que jamás pensó cruzar una línea termina haciéndolo. No porque un día decidió destruir su nombre, sino porque poco a poco dejó de sentir el peso de la consecuencia. La normalización del privilegio es silenciosa: un límite se cruza sin remordimiento, y el siguiente llega más fácil. Al final, el problema nunca es la acción grande: es el deterioro continuo de la capacidad de decir “no”. Es la ceguera que provoca la sensación de intocabilidad.

Veo eso y me detengo. Pauso. Porque también veo algo más: la ausencia del interés colectivo. El país se quiebra un poco cada vez que lo individual se impone sobre lo que es de todos. Vivimos en una cultura donde “resolver” pesa más que “hacer lo correcto”, donde muchos justifican sus decisiones con un “total, nadie se entera”. Y mientras esa mentalidad avanza, la factura siempre la pagan los mismos: los vulnerables, los que no están en las fotos, los que cargan con consecuencias que no provocaron.

Pero entre tanta reflexión, hay algo que le agradezco a la vida: haberme enseñado a tenerle temor a lo que puede destruirme. Ese temor sano que te mantiene despierta, que te recuerda que toda acción trae consecuencia, que la justicia divina no falla aunque tarde, que lo que uno siembra en secreto siempre tiene forma de regresar. Agradezco tener en mí esa alarma interna que se activa cuando algo me pone en riesgo espiritual, emocional o moral. La alimento todos los días. Porque sigo creyendo que más peligroso que caer… es dejar de sentir miedo a caer.

Ese temor no es miedo paralizante. Es conciencia. Es saber que hay decisiones que por más tentadoras que parezcan, vienen con un costo que ningún beneficio puede justificar. Es entender que lo que se mancha no es solo el currículo, es el alma. Y eso no se repara con dinero, poder o relaciones públicas.

Pienso en la cantidad de veces en que un país entero se derrumba no por el acto grande, sino por la acumulación de miles de pequeñas renuncias personales. Cada vez que alguien justifica algo “porque me conviene”, el tejido colectivo se desgasta. Cada vez que elegimos callar para no complicarnos, perdemos un pedazo de país. Cada vez que nos acostumbramos al escándalo, dejamos de proteger lo que importa.

Pero también pienso que la solución no es colectiva… hasta que lo es. Empieza por cada uno. Por detenernos. Por revisar nuestras propias zonas grises. Por preguntarnos qué parte de nuestra vida está en piloto automático y qué decisiones estamos normalizando porque nadie las ve. Si cada persona hiciera ese ejercicio, aunque sea por un minuto, el país cambiaría más que con cualquier ley.

Lo que se construye persona a persona termina creando cultura. Lo que cada quien resguarda en privado termina impactando en público. Lo que defendemos cuando nadie mira determina lo que somos cuando todos miran.

Entre un sorbo de café y otro, me quedo con la idea más simple y más difícil de todas: el éxito no es llegar lejos, es llegar limpio. No es acumular más, es perder menos de uno mismo en el camino. No es evitar que te descubran, es evitar nublarte. No es demostrar poder, es sostener límites. No es impresionar a los demás, es honrar tu nombre.

La vida siempre nos pone frente a decisiones. Algunas parecen pequeñas, otras insignificantes, otras invisibles. Pero al final, cada una nos acerca o nos aleja de lo que somos. Y aunque muchos no lo crean, el mundo se transforma un poco cada vez que una persona elige lo correcto cuando nadie aplaude.

Lo que está pasando hoy en nuestro país no es solo un titular: es un espejo. Y aunque duela, es necesario mirarlo. No para señalar, sino para despertar. Para recordar que todas las sociedades se construyen, o se destruyen, así: de uno en uno.

Ojalá este momento nos sirva para volver a lo básico: a la pausa, a la consciencia, al temor sano que evita que crucemos la línea, al compromiso de revisar nuestras propias decisiones. Porque si algo tengo claro es que no hay mejor futuro que aquel que se construye con integridad, y no hay peor derrota que la que te obliga a esconderte de ti mismo.

Lo que somos en silencio define el país que veremos en voz alta.

¿Estamos dispuestos a revisar nuestras propias zonas grises para construir un país desde la integridad individual?

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