Por Endy Jhoan Rosa, politólogo
Las élites políticas dominicanas, atrincheradas en el Congreso Nacional y en las cúpulas de los grandes partidos, nos repiten una y otra vez la misma mentira descarada: “Las candidaturas independientes no fortalecen la democracia”. Lo dicen con la cara dura mientras impulsan, a toda velocidad, la eliminación de esa figura a través de un proyecto de ley que ya aprobó el Senado y avanza en Diputados. El autor principal de esta jugada es el senador Ramón Rogelio Genao, un legislador con más de tres décadas en el Congreso que, en vez de representar al pueblo, defiende los intereses de su partido y de la clase política tradicional.
Pero la realidad es diametralmente opuesta. Las candidaturas independientes sí fortalecen la democracia, porque abren las puertas a la participación directa de ciudadanos que no quieren someterse al clientelismo ni a las cuotas partidarias. Invitan a más dominicanos a involucrarse, a presentar propuestas frescas, a romper el monopolio de una partidocracia que ha convertido la política en un negocio privado.
El negocio de la partidocracia
Miremos los hechos, sin maquillaje politológico de salón. Según la Ley 33-18 de Partidos, Agrupaciones y Movimientos Políticos, para mantener el registro un partido necesita al menos el 1 % de los votos válidos en elecciones nacionales. Pero la realidad es aún más escandalosa: con apenas 0.01 % ya reciben millones del Estado. En 2026, la Junta Central Electoral repartirá 1,620 millones de pesos entre 41 organizaciones. El 80 % se lo llevan los tres grandes (PRM, FP y PLD). El 8 % restante va a 34 partidos minúsculos que apenas superan ese umbral ridículo. ¿Resultado? Partidos satélites que nacen y mueren para una sola cosa: cobrar el cheque de la JCE, hacer alianzas oportunistas con los mayoritarios y presentar una que otra candidatura testimonial en un pueblo perdido para negociar puestos clientelares.
Eso no es democracia. Eso es un traje a la medida para la partidocracia. No hay igualdad de condiciones. Los partidos nuevos que surgen no apuestan por candidaturas independientes reales; simplemente se alían con los grandes para sobrevivir y repartirse las migajas. Mientras tanto, el Congreso —dominado por los mismos de siempre— aprueba leyes que protegen ese statu quo. La reciente reforma que elimina los artículos 156, 157 y 158 de la Ley 20-23 Orgánica del Régimen Electoral es la prueba más clara: en vez de ampliar la participación ciudadana que manda la Constitución (artículo 4 y el espíritu del 216, que reconoce el derecho a elegir y ser elegido), le ponen candado al sistema para que solo los partidos controlen todo.
El caso Genao: tres décadas de privilegios
Y aquí entra el ejemplo perfecto de cómo funciona esta élite: el senador Ramón Rogelio Genao. Más de 30 años entre Diputados y Senado (desde 1994 hasta hoy). Se autoproclama defensor del medio ambiente y coautor de leyes como la de Función Pública o tratados internacionales. Pero la pregunta honesta es: ¿cuántas iniciativas suyas han transformado realmente la vida de los dominicanos de a pie? ¿Dónde están las reformas profundas contra la corrupción, la desigualdad o la falta de oportunidades que clama el pueblo? Ninguna. Genao y sus pares legislan para sí mismos, no para la sociedad. Representan sus intereses, los de su partido Reformista y la clase política tradicional. Por eso impulsan esta ley: temen que un ciudadano independiente, sin padrino partidario, les quite el monopolio y les muestre al pueblo que se puede hacer política de otra forma.
El rechazo popular que incomoda a la élite
Los datos del rechazo popular son irrefutables y brutales. La abstención electoral —esa tasa de rechazo silenciosa pero elocuente— ha aumentado de manera dramática en las últimas tres elecciones:
● 2016: alrededor del 31 %
● 2020: 44.71 % (pandemia incluida)
● 2024: 46 % (la más alta en 62 años según la JCE, con participación de apenas 54.37 %).
Millones de dominicanos prefieren quedarse en casa antes que validar este circo. Es una sanción clara al sistema: el pueblo está harto de partidos que no resuelven sus problemas reales, que viven del presupuesto público y que ahora quieren cerrar la única ventana de oxígeno que quedaba: las candidaturas independientes.
La Constitución violada por los mismos que juraron defenderla
La Constitución de la República habla de participación ciudadana, de democracia inclusiva, de que el poder emana del pueblo. Pero los legisladores tradicionales la interpretan a su conveniencia. En vez de fortalecer la democracia, como ordena la Carta Magna, le hacen un traje a la medida a los mismos de siempre. Crean partidos satélites que chupan recursos públicos, eliminan la competencia real y mantienen un sistema donde el ciudadano común solo es útil cada cuatro años para votar y callar.
Las candidaturas independientes no son un peligro; son la esperanza. Invitan a profesionales, activistas, jóvenes y ciudadanos honestos a participar sin tener que vender su alma a un partido. Generan debate real, propuestas frescas y, sobre todo, igualdad de condiciones. Porque en una verdadera democracia no se trata de cuántos millones recibe tu partido del Estado, sino de la calidad de tus ideas y tu compromiso con el pueblo.
Señores del Congreso, especialmente usted, senador Genao: dejen de mentir al país. Las candidaturas independientes no debilitan la democracia; la salvan de la partidocracia que ustedes han convertido en un club privado. El pueblo está cansado. La abstención lo grita. La historia lo juzgará. Y si insisten en cerrar esta puerta, que quede claro: no están defendiendo la institucionalidad, están defendiendo sus privilegios.
Es hora de que la democracia dominicana deje de ser propiedad exclusiva de los partidos y vuelva a ser del pueblo. Las candidaturas independientes no son un lujo; son una necesidad urgente.
