Inicio Actualidad El algoritmo también gobierna

El algoritmo también gobierna

La política tradicional está administrando un país que ya no controla

4
0

La política dominicana todavía cree que manda porque tiene oficinas, presupuestos, sellos, escoltas y micrófonos. Todavía cree que el poder está donde siempre estuvo: en el Estado, en el partido, en el despacho, en la tarima, en la foto con la cinta cortada. Pero hay un detalle que la política tradicional no quiere admitir: ya no controla por completo el flujo de la realidad. En buena medida, ese flujo lo controla el algoritmo.

El algoritmo decide qué indignación sube y cuál se ahoga. Decide qué denuncia se vuelve tendencia y cuál muere en silencio. Decide qué rostro se convierte en líder sin haber ganado nada, sin haber administrado nada y sin haber rendido cuentas de nada. Decide qué frase se repite como consigna nacional y cuál se pierde, aunque sea verdad.

Antes, para instalar una idea, se necesitaba estructura. Hoy se necesita retención. Antes, para movilizar, se necesitaba organización. Hoy se necesita viralidad. Antes, para sostener un liderazgo, se necesitaba coherencia. Hoy se necesita engagement. Y cuando el poder comienza a medirse por engagement, la política cambia de naturaleza: se convierte en un concurso permanente de atención.

En ese juego, la política de corbata está en desventaja. No porque le falten recursos, sino porque habla un idioma que ya no pesa como antes. Habla en comunicados, pero el país escucha en clips. Habla en planes, pero el país reacciona con tendencias. Habla en procesos, pero el país exige resultados en 24 horas. Habla lento en un ecosistema diseñado para castigar lo lento.

Y ahí está una de las partes más delicadas del problema: la democracia no fue diseñada para funcionar al ritmo del algoritmo. La democracia necesita memoria, contraste, deliberación, reglas y tiempo. El algoritmo no. El algoritmo premia lo inmediato, lo emocional, lo polarizante y lo simple. No distingue entre verdad y mentira; distingue entre lo que retiene y lo que aburre. No pregunta si algo es justo; pregunta si genera reacción.

Por eso hoy se puede inflar un líder en una semana: un personaje viral, un redentor de frases cortas, un fiscal emocional, un profeta de la indignación. Y también se puede destruir a otro en 48 horas, sin juicio, sin pruebas y sin contexto, con un video recortado y una narrativa bien empacada.

La política tradicional todavía no termina de entender que compite contra una maquinaria que no se cansa, que no duerme y que trabaja con datos. Y mientras no lo entienda, seguirá cometiendo uno de sus errores más costosos: creer que gobernar es hablar. No. En la era del algoritmo, gobernar también es disputar el relato. Y quien no disputa el relato, lo pierde.

Por eso la crisis no es solo de partidos. Es también una crisis de representación. La gente no odia la política por deporte. La rechaza porque la siente distante, blindada e impune. La siente como una clase social aparte. “Políticos de corbata”, dicen, y la frase pega porque describe una sensación real: la de ver a quienes deberían servir viviendo como si el Estado fuera un botín.

Cuando esa percepción se vuelve masiva, el algoritmo hace el resto. La amplifica, la simplifica y la convierte en identidad. Entonces el ciudadano deja de ser ciudadano y se transforma en audiencia. Ya no participa: comenta. Ya no delibera: reacciona. Ya no organiza: comparte.

El resultado es una sociedad con mucha información y poca institucionalidad emocional. Un país con denuncias diarias y consecuencias escasas. Un país donde la indignación crece más rápido que la capacidad de respuesta del Estado. Y cuando la indignación corre más rápido que las rutas institucionales, el sistema empieza a parecer inútil.

Ahí nace uno de los escenarios más peligrosos: la tentación de pensar que la democracia estorba, que hace falta un tipo fuerte, que las reglas son una pérdida de tiempo y que el proceso puede saltarse porque el proceso nunca llega. Y eso no es un problema juvenil. Es un problema nacional.

La política tradicional está jugando ajedrez en una cancha de baloncesto. Está midiendo legitimidad con métodos del siglo pasado en una sociedad que ya se educa, para bien y para mal, en los códigos de la pantalla. No se trata simplemente de estar en redes. Eso es maquillaje. Se trata de comprender que el algoritmo ya es un actor político y que, si el Estado no construye confianza, transparencia y resultados verificables, el algoritmo seguirá ocupando ese espacio.

Porque cuando el Estado no responde, responde la tendencia. Cuando la justicia no llega, llega el juicio digital. Cuando la rendición de cuentas se retrasa, llega el linchamiento simbólico. Y cuando la política se vuelve espectáculo, el país entero termina convertido en escenario.

La pregunta real no es si el algoritmo influye. Eso ya es un hecho. La pregunta es si la República Dominicana va a permitir que la legitimidad pública se defina por lo que retiene un video y no por lo que sostiene una institución. Porque si el algoritmo gobierna sin rutas institucionales, el pueblo no deja de pagar: paga con su atención, paga con su frustración y, al final, paga con la estabilidad del país.

El Debido Proceso RD © 2025 Darlin Tiburcio. Todos los derechos reservados.
Se autoriza la reproducción parcial del texto con fines educativos, institucionales o de divulgación, siempre que se cite correctamente la fuente y el autor.
Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social.

Loading

Artículo anteriorMoncarlo Restaurant Reconoce en Constanza el Valor de la Mujer en su Día Internacional

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí