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La república del cinismo

Cuando todo el mundo “sabe” que roban y, aun así, nada se mueve.

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Hay una frase que se está volviendo una especie de constitución paralela en la calle y en las redes: “todos roban”. No es un análisis, no es una investigación, no es una sentencia judicial. Es, más bien, un veredicto social.

Y cuando un país convierte esa frase en sentido común, ocurre algo todavía más grave que la corrupción misma: ocurre la normalización. El problema deja de ser solamente el robo; el problema pasa a ser la idea de que el robo es inevitable. Y una sociedad que cree que el robo es inevitable ya no exige con convicción: se resigna. O explota. Pero explota sin brújula.

Ahí es donde la indignación empieza a pudrirse y se transforma en cinismo.

El cinismo no es solo desconfianza. Es desconfianza mezclada con cansancio. Es el ciudadano que ya no espera nada de nadie. Es la persona que, en muchos casos, deja de distinguir entre un funcionario honesto y uno corrupto, porque el sistema le enseñó que la excepción no alcanza para corregir la regla. Es el joven que no quiere escuchar propuestas porque cree que todas son maquillaje. Es el votante que ya no vota por esperanza, sino por rabia, por castigo o por costumbre.

La república del cinismo es, en el fondo, una república donde la política tradicional pierde su última moneda de valor: la credibilidad.

En ese terreno, los argumentos pesan menos que las sospechas. Las explicaciones llegan debilitadas. La evidencia siempre parece tardía. Y la ética se vuelve un chiste repetido hasta el cansancio: “sí, pero ese también”. Todo comienza a nivelarse por lo peor. Todo se iguala por la basura. Y cuando eso ocurre, no solo se degrada la imagen de la política; se degrada la capacidad de la sociedad para reconocer diferencias reales entre lo correcto y lo corrupto, entre el error y el saqueo, entre la falla humana y la podredumbre estructural.

Es justamente ahí donde entra el actor más peligroso: el oportunista.

El oportunista entiende algo que muchos partidos todavía no quieren aceptar: cuando la gente se harta, no siempre busca una ideología; muchas veces busca un golpe emocional que parezca solución. No busca necesariamente un programa serio ni una arquitectura institucional robusta. Busca una figura, una consigna, una voz que parezca romper con todo. Por eso el oportunista no viene con un plan; viene con un enemigo. No viene con instituciones fuertes; viene con un discurso “anti” que suena valiente y, por sonar valiente, parece verdadero.

La república del cinismo es el ecosistema perfecto para el populismo, no el populismo como teoría abstracta, sino como método. El método de simplificar el país en una pelea entre “pueblo bueno” y “élite mala”, donde toda complejidad parece traición y todo matiz se interpreta como complicidad. En ese ambiente, pensar con cuidado parece cobardía, y defender procedimientos parece una excusa del sistema.

Y cuando el cinismo se instala de verdad, ocurre una tragedia silenciosa: la ciudadanía se convierte en audiencia.

Eso no significa que deje de sentir. Al contrario, siente mucho. Se indigna, reacciona, comparte, comenta, se enardece. Pero con demasiada frecuencia deja de exigir con procedimientos y empieza a exigir únicamente con furia. Deja de construir y pasa a consumir. Deja de esperar rendición de cuentas y empieza a esperar espectáculo. Y el poder, cuando entiende esa lógica, deja de gobernar para dedicarse a actuar.

Entonces se inaugura una obra con una foto, se pretende resolver un problema con una promesa, se tapa una denuncia con una tendencia, se mata una conversación seria con un chiste y se neutraliza una crisis fabricando un enemigo nuevo. Todo comienza a manejarse como narrativa, como percepción, como escena.

El problema es que los países no se sostienen con narrativa. Se sostienen con instituciones, debido proceso y consecuencias.

Y si el cinismo domina, las consecuencias desaparecen, porque el ciudadano deja de creer que vale la pena perseguirlas. “¿Para qué?” se vuelve el himno real de la república del cinismo. ¿Para qué denunciar si nada pasa? ¿Para qué investigar si todo se arregla? ¿Para qué organizarse si siempre ganan los mismos? ¿Para qué estudiar el procedimiento si al final siempre se lo brincan?

Ese “¿para qué?” es más destructivo de lo que parece. No es solo apatía. Es una renuncia gradual a la posibilidad de corregir. Es el punto en que la ciudadanía deja de verse como sujeto político y empieza a verse como espectadora de un deterioro que considera irreversible. Y cuando una sociedad entra en esa lógica, la democracia comienza a debilitarse no solo por los abusos del poder, sino también por el colapso de la confianza pública en que las reglas todavía sirven para algo.

Cuando un país llega ahí, tiene dos caminos: o reconstruye confianza con hechos, o abre la puerta a una etapa más oscura.

Porque el cinismo no mata únicamente la confianza en la política. Termina erosionando la confianza en la democracia misma. Y cuando la gente deja de creer en la democracia, empieza a coquetear con soluciones de fuerza: atajos, mano dura, figuras providenciales, decisiones sin control, castigos sin debido proceso, liderazgos que prometen resolverlo todo precisamente porque no respetan los límites que deberían contenerlos.

La historia no perdona esa combinación: indignación, cinismo y vacío institucional.

Por eso este no es un texto para lamentar la crisis de la política tradicional como si se tratara de una nostalgia partidaria. Es, más bien, una advertencia. El país no necesariamente se está volviendo más crítico; en muchos casos se está volviendo más escéptico. Y el escepticismo, cuando madura como vigilancia democrática, puede ser sano. Pero cuando se degrada en cinismo masivo, rara vez produce ciudadanos más exigentes. Produce ciudadanos que se desconectan, se endurecen o se radicalizan. Produce una sociedad menos dispuesta a creer, menos capaz de organizarse y más vulnerable a cualquier discurso que prometa barrer con todo, aunque no construya nada.

La pregunta, entonces, no es si el pueblo tiene razones para desconfiar. Muchas veces las tiene, y de sobra. La pregunta real es si el sistema comprende el precio de esa desconfianza cuando ya no funciona como alerta, sino como clima permanente.

Porque cuando todo el mundo “sabe” que roban, la corrupción gana dos veces: gana cuando roba, y gana cuando logra que la gente crea que nada puede cambiarse. En ese punto, el daño ya no se limita al dinero perdido, a la obra mal hecha o al expediente manipulado. El daño se vuelve cultural, político y democrático. Se instala en la conciencia colectiva como una forma de resignación.

Y ese día, el país ya no está gobernado solamente por un partido, por un gobierno o por una coyuntura.

Está gobernado por el cinismo.

El Debido Proceso RD © 2025 Darlin Tiburcio. Todos los derechos reservados.
Se autoriza la reproducción parcial del texto con fines educativos, institucionales o de divulgación, siempre que se cite correctamente la fuente y el autor. Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social.

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